viernes, 22 de abril de 2011

El héroe del Monte Dos Hermanas de Rodrigo Vila

El camino de la redención.
por Patricia Bottero
"Los héroes son los que quedaron allá"
Omar Poltronieri


     

       Con una fotografía deslumbrante de las islas Malvinas  y de la provincia de Entre Ríos, una música envolvente, dramatizaciones de situaciones de guerra y de traumas post guerra en dibujos en blanco y negro; este documental clásico en su estructura, pero atípico en relación a la temática que narra, cuenta la historia de Omar Poltronieri, ex combatiente de Malvinas,  único soldado en la historia argentina en recibir la cruz " La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate" por parte del Ejército .  La fundamentación para tal reconocimiento fue por: “Constituirse durante toda la campaña en ejemplo permanente de sus camaradas, por su espíritu de lucha, sencillez y arrojo, ofreciéndose como voluntario para misiones riesgosas. En combates desarrollados en las zonas de los Montes Dos Hermanas y Tumbledown, eficazmente con una ametralladora, deteniendo ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró reunirse con su sección y siguió combatiendo con igual decisión y eficacia”; y su regreso a las islas después de 28 años.
       Omar camina por el desolado paisaje de las islas en busca de redención, recuerda los lugares, busca su posición, su arma enterrada en algún lugar aún fresco en su memoria, visita a sus compañeros en el cementerio argentino de Darwin, el Monumento a los caídos y reza en el altar. 
      Intercalados, sus encuentros con el ex-combatiente, oficial británico Mark Curtis, quien dirá     "Hay más muertes por suicidio después de una guerra que la cantidad de muertos en combate". Ellos mantienen una relación que sólo conoce de perdones. También se muestran los testimonios invaluables de otros héroes de Malvinas y de sus padres.
      La inocencia y la sabiduría de Omar están presentes en el relato de un hombre que destacándose en la guerra parece sólo conocer de paz. El viento en las islas no deja de soplar incansable.
      Héroe es el antónimo de cobarde nos dice la Real Academia Española. Su definición menciona varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes. Omar cuenta como terminó vendiendo calcomanías y almanaques en el transporte público para sobrevivir después de la guerra. La historia de tantos otros.
    

El documental ganó el premio "El camino de los héroes" del Bicentenario

El Héroe de José Hierro

Oí latir el corazón del mar
unido al de otras músicas -el vals, la polka, el tango,
el chárleston, el pasodoble, la rumba, el twist, el mádison-,
lo eterno y la que pasa, mano a mano.
La vida. El mar. Y las ciudades: hermosa Viena,
desasosegadora Nueva York,
pasando por París y por Madrid.
Músicas muertas en los tocadiscos
de los muchachos, como antaño en pianolas y organillos.
Música viva, como un mar que transcurre para los soñadores
-Bach, Schumann, Brahms o Debussy-;
señales de otras músicas futuras, de otras vidas,
de otros tiempos -Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de Pablo-,
viejos probablemente cuando leáis estas palabras
viejas también, que ahora arrojo al olvido.
Entonces lo vi allí, al héroe, indiferente,
con su uniforme de guardarropía,
anacrónico. El pecho cubierto de medallas y de nobles cintajos,
maravillas de seda y cobre.
Vi al héroe, descansando sobre el banco de piedra.
Los jóvenes que pasan, navegan por la música.
Otros, ya con arrugas, oyen el canto de las olas.
Yo sólo, aquí, entre ellos, el más viejo de todos,
oigo música y mar al mismo tiempo. Es la armonía
de quien nació y ha muerto muchas veces.
No es frecuente que sea así, pero sucede, como ahora:
de súbito se encienden mar y música;
estallan tiempo, espacio, fuera y dentro;
giran deslumbradores vida de ayer y sangre fresca:
es como un huracán irresistible.
Es como un fuego. Yo iba andando
con la felicidad de adentro
y la felicidad de afuera,
suma de aquella humanidad entre la que pasaba.
Y vi al hombre: «Qué harás aquí -le dije-,
descorazonadora criatura,
carcomiendo la plenitud. Qué se habrá muerto
dentro de ti».
Y yo, que oía
todos los sones, sólo oí el silencio, su silencio,
el silencio del héroe,
sordo al mar, a la música, a sus recuerdos y proyectos.
Nueve décimas partes de su vida
debieron de pasar sin acercarse al mar,
sin sospechar siquiera qué paciencia salada,
qué artesanía de olas y de días
son necesarias para producirse
el prodigio de un árbol de coral,
la fantasía helicoidal de un caracol.
Era un héroe deshabitado, sin corona de roble
que le ciña de días gloriosos.
Despojad un instante a esta palabra
-héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad
las iconografías consabidas:
Grecia y piedra rosada, cara al mar,
héroes ecuestres del Renacimiento…
Era otra cosa el hombre que yo vi.
Nació en alguna aldea del interior de España-
La piel endurecida, impasibles los ojos
que nada vieron nunca si no fue la llanura
circundada de encinas, donde nació y vivió.
(Donde vivió esperando
su tren de muerte, como yo ahora espero,
mientras nerviosamente escribo estos recuerdos,
al tren que ha de llegar a Medina del Campo
casi al amanecer. Estos sucesos
ocurrieron lejos de aquí, y en mí vivían
solicitando forma, para no ser pura nostalgia.
Sólo esta noche pude hallarles la palabra.)
Allí vivió veinte años. Un día, le hizo hombre
la guerra: le dio fe, lejanías y llamas.
Llegó hasta el mar; el mar le hizo sentirse libre;
mojó en el mar su cuerpo,
conquistó tierras, hizo prisioneros,
bebió vino de muerte, sintió tristeza y sintió ira;
tal vez fuera marcado por la metralla. Estuvo vivo
como nunca lo estuvo ni volvería a estarlo.
Dio razón y entusiasmo a su vida:
se la jugó con alegría a una carta tapada.
Luego, volvió a su pueblo a ensartar días y cosechas,
a dorar con melancolías
su estatua coronada de olas.
Y he aquí que al cabo de los años
llega otra vez junto al mar luminoso.
Donde dejó entusiasmo, vida y fe,
ha encontrado el silencio,
el mismo de las eras de su aldea,
mas ya sin esperanza.
Ha desfilado entre banderas, entre cánticos;
resucitaron las palabras en la garganta joven;
ha bebido el vino de antaño
y paseado su embriaguez gloriosa.
Desde las doce a la una y media
ha durado el desfile de estos supervivientes,
nostálgicos representantes
de un drama, escrito hace quién sabe cuántos años.
Después de la comida y los discursos
cayó el telón. Y oyó el silencio de los espectadores.
Y el silencio del mar. Y el de su vida.
Dijeron: «A las nueve al autobús;
hay que llegar temprano a casa.»
Oyó el silencio de su vida.
Desconocido entre desconocidos,
anduvo por las calles, sin rumbo. Se sentó
enfrente de las olas. Volvió el naipe
y no había figura pintada en él. Y oyó el silencio.
¿Comprendéis? El nordeste cesa al atardecer.
Ya ni siquiera hace temblar la ropa de este hombre.
No le deja en la mano el aroma del arma
con que mató a la muerte hace ya tiempo.
Van los muchachos por su lado, destruyen
la muerte con la música, como ayer con la pólvora.
Destruyen con la música la vida.
Con la música crean un inmenso silencio.

Del “Libro de las alucinaciones” 1964

 
      Los últimos minutos del documental amalgaman al héroe de uniforme con medallas que camina solo por suelo isleño, con el hombre común que camina por su pueblo acompañado de su amigo Mark. 
      El momento cúlmine llegó al finalizar la proyección y los créditos. Las poco más de 10 personas que el pasado lunes veíamos la película en el cine Gaumont del barrio de Congreso de la Ciudad de Buenos Aires, nos quedamos en silencio, sin levantarnos de las butacas. De pronto, un emotivo y cálido aplauso llenó la sala. Los héroes que están acá y los que quedaron allá, desde algún lugar, parecían mirar sorprendidos,  acostumbrados a la falta de honores y de homenajes. Demasiada guerra. Demasiados muertos. Demasiada historia para ser contada en un documental que habla de tanta vida y por eso, no hay que dejar de ver.



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