domingo, 31 de julio de 2011

Cohn-Duprat, Bellocchio y Harron.

Cuando no hay más abajo.
Por Patricia Bottero 


     A veces la aparición de lo inesperado hace emerger la imagen de lo siniestro. Las zonas oscuras se despiertan voraces y la maquinaria paranoica se nutre en el ejercicio de su propia degradación. Lo siniestro en lo inesperado desestabiliza existencias vacías e insustanciales. El desbarajuste es tal, que la restitución del status quo, no calma. La ventana que construye el vecino con la intención de obtener un rayito de sol levanta esa estampida en los propietarios de la casa Le Corbusier en la película El Hombre de al lado de Cohn- Duprat. La eliminación de la “amenaza” resulta un camino incuestionable. El provisoro equilibrio costará el alma. Qué más da, igual no queda nada.

   Cuando se le cruza el escogido, el psicópata perverso no para hasta colocar al entorno en su contra. Ante esa situación no cuenta la inteligencia ni el más noble sentir de los más cercanos. El trabajo comienza lentamente. Se orada la confianza del resto con pequeños comentarios maliciosos generando dudas, sospechas y por qué no, sentimientos inconfesables en alguien dentro del círculo. La puerta se cierra para la presa. Aunque el bien triunfe finalmente, ocurre que después, ya no le importa a nadie. En la escena del duelo a esgrima entre el Conde y Ernesto en la película La hora de la religión de Marco Bellocchio(ver  http://amartuarte.blogspot.com/2011/01/la-hora-de-la-religion-de-marco.html) se plasma simbólicamente esta lucha entre el bien y el mal.

   A veces sucede también que la presa resulta ser una presa experimentada. Conoce claramente cada paso que dará el psicópata. Justamente por eso sorprende comprobar que la presa esté tranquila. Incluso podría anticiparle cada peldaño si quisiera. Lo sabe también, este cazador, no necesita guía, la repetición es su arte por antonomasia. Las presas inexpertas y las experimentadas en la demoledora American Psycho pertenecen a la categoría en las que triunfa el mal y la terrible frase: “Ya no hay más abajo” flota herida y desangrando.


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